Caminar es la forma más primitiva de acercarnos a nuestro entorno. Desde tiempos ancestrales, caminar era el medio natural para explorar, conocer y conectar con el espacio. No solo permite moverse sino también observar, respirar, sentir y ser conscientes del cuerpo y del momento presente. Cada paso es una forma de interactuar con el mundo, de descubrirlo a través de nuestros sentidos.
Sin embargo, con el paso de los años, vamos naturalizando y dejamos de percibir lo que está a nuestro alrededor, esto describe perfectamente cómo la velocidad de la vida moderna nos ha hecho perder la conexión con lo que nos rodea. Pero al convertirnos en parte del sistema acelerado, dejamos de notar todo eso. La ciudad, que antes era un espacio para descubrir, se convierte en un paisaje que solo atravesamos, sin detenernos a ver.
La invitación a caminar lento es una forma de introspección y de reconocimiento de la ciudad. Hoy en la cotidianidad vamos de un lugar a otro con urgencia, y nos olvidamos de conectarnos con el entorno, nos movemos tan rápido que desacelerarnos para percibir dónde y con quién estamos, cuesta mucho.
Esta ponencia busca contar de forma autobiografica la experiencia de descubrir la ciudad a través de un caminar lento y pausado, donde la relación tiempo-espacio se convierten en aliados para el disfrute y el gozó de una urbe que se descubre y se desacelera volviéndose cada vez más tranquila y apacible. Estás sensaciones llevan a reflexionar sobre cómo lo que se ve en el exterior es el reflejo de las sensaciones internas.
Así que, aquellos que gustan de las ciudades y sus movimientos, pueden tener otras formas de explorarse y explorar el entorno, solo con el pausado movimiento de sus cuerpos.