Artificios del Tic-Tac

Rui Grácio, Telmo Ferreira, António Pernas

“¡Pasó volando!” – es lo que decimos después de haber pasado un tiempo en el que estuvimos completamente presentes. Tiempo en el que dejamos de escuchar el incesante Tic-Tac del reloj y así, por breves momentos, escapamos de su tiranía.
Es tal la influencia del tic-tac que, cuando somos llevados por otros ritmos temporales, creemos haber perdido el compás que nos sincroniza con el “perpetuo progreso del mundo”. Esta es la principal consecuencia de la apropiación humana del artificio del reloj: llevarnos a creer que el tiempo no productivo es una pérdida de tiempo.

El reloj incorpora un modelo del mundo real, más precisamente, el de las regularidades de la órbita terrestre, pero eso no significa que esta herramienta no haya impuesto, sobre la realidad temporal percibida por la experiencia, una métrica artificial que progresivamente fue mediando la experiencia directa. Al colocar la mediación del reloj entre el sentir y el mundo, la humanidad se encaminó hacia una racionalidad racionalizada mediante el control de un tiempo contable y se dirigió hacia un funcionamiento social regulado por la cuantificación. Esta migración de un funcionamiento orgánico a uno maquínico-racional trajo consigo un conjunto de valores que inauguraron la cultura científica y abrieron las puertas a la llegada de la era industrial moderna.

El reloj es, sin duda, mucho más que una mera prótesis, ya que “el truco que el hombre ejecutó y que posibilitó el surgimiento de la ciencia moderna no fue nada menos que la transformación de la naturaleza y de la percepción de la realidad por parte del hombre” (Weizenbaum, 1991). Truco que nació con la métrica temporal del reloj, razón por la cual consideramos este instrumento como una máquina impregnada de ideología que diseminó los valores de la eficiencia y la rentabilidad hasta volverse ubicuos. En suma, el reloj es una máquina inspiradora del pensamiento moderno, traducida en el hacer más en menos tiempo, idea fundadora de las nociones modernas de cantidad y velocidad.

Camps señala que la “velocidad” es la esencia del mundo moderno. Mundo en el que se vive de prisa y donde “no está permitido perder el tiempo” porque “el tiempo es dinero” y esa es la máxima que “se convirtió en el motor del capitalismo”. Esto es crucial para comprender cuánto una noción aparentemente inocua como la velocidad potencia el valor de la lógica mercantil y consumista. Aun así, nos interesa rebatir una consideración en el seguimiento del texto, la de que “la velocidad fue una conquista que comenzó con la máquina de vapor” (Camps, 2003).

Las máquinas de vapor nos permitieron recorrer distancias mayores en menos tiempo y producir muchas más cosas a una velocidad mucho mayor. Pero ¿cómo podríamos acelerar sin un tiempo contable que pudiera ser acelerado? Esto nos indica que el rumbo hacia la aceleración ya había encontrado una mentalidad guiada por la cuantificación, que surgió no con la máquina de vapor, cuya valencia es la de ser una prótesis del cuerpo humano, sino antes con el reloj, cuya valencia es la de ser una máquina autónoma que conduce a la voluntad y necesidad humana de “velocidad”.

El reloj señaló una finalidad última y las máquinas protésicas que le sucedieron fueron el medio para alcanzarla. Y este truco de percepción en el que nos adentramos hace que no solo comprendamos la naturaleza en tiempos numéricos, con base en el espacio y el tiempo, sino que también nos aleje de la conciencia de lo que significa ser humano.

El tiempo contado por el reloj nos hace acelerar el paso, ¿pero hacia dónde? ¿Hacia la conservación de sistemas modernos que nos aprisionan a la velocidad y la rentabilidad?
¿Será que, al aceptar perder tiempo cuando no cumplimos con la aceleración cronometrada, no estamos caminando, lentamente, en otra dirección, hacia la utopía y hacia una vivencia que busca la salud?