El consumo es una práctica inherente al ser humano que, más allá de estar asociada a bienes y servicios, a lo largo del tiempo —y por diversas razones, como el capitalismo y las ideologías— ha mostrado una fuerte conexión con dimensiones como el uso del tiempo, la subjetivación y el ocio. Estas tres capas contribuyen a una mejor comprensión del consumo. De hecho, el consumo se constituye como un tema central a nivel global, atravesando todas las esferas de la vida: impone formas de pensamiento, organiza la sociedad, crea y recrea la cultura, moldea comportamientos, impulsa y satisface el avance tecnológico y define lo que social y mundialmente se entiende como bueno o malo. Al convertirse en una categoría clave de la modernidad (Friedman, 1982), el consumo activa mecanismos de constitución y expresión de identidades. Tal vez por eso Júnior (2001) resalta la explosión de microidentidades impulsadas por la dimensión simbólica del comportamiento del consumidor.
En Angola, por ejemplo, el viernes es considerado el “día del hombre”. Es decir, después del trabajo, hombres y mujeres, ya sea de forma individual o en grupos de tres, cuatro o más personas, tienen una especie de “permiso” para no estar en casa, divertirse y, en general, consumir bebidas alcohólicas. En este sentido, dependiendo de la zona de la ciudad y del perfil de cada persona, el tiempo se utiliza de manera distinta, ya sea para el entretenimiento o para el consumo, principalmente de alcohol. El estudio de Market Angola (2019) señala que alrededor del 27% de los angoleños mayores de 18 años consumen bebidas alcohólicas, generalmente tres veces por semana, con una preferencia marcada por la cerveza, que suele adquirirse en cantinas, residencias de vecinos, en la calle (roulottes) o en bares. En una lista de diez marcas, la cerveza Cuca aparece como la más consumida.
Mediante la observación participante en lugares habituales de venta y consumo de bebidas alcohólicas —restaurantes, cantinas, roulottes en zonas urbanas y periurbanas—, este estudio busca promover una discusión en torno a los sentidos y significados producidos por las prácticas de consumo de bebidas alcohólicas en jóvenes residentes en Luanda (Angola) y su relación con la subjetividad, el tiempo y el ocio.
Históricamente, las primeras investigaciones sobre las prácticas de consumo (Fontenelle, 2000) se centraban en teorías y campos específicos como la economía, la gestión, el marketing, la psicología y la comunicación, en general con resultados “regulares” y globalmente aceptados en términos de teorías, principios y metodologías. Fontenelle (2000) propone dos ejes teóricos principales para el estudio de la cultura del consumo: la teoría del capitalismo y la teoría de las pasiones. Por su parte, Featherstone (1995) sugiere tres perspectivas: la producción del consumo, los modos de consumo y los placeres emocionales del consumo. Barbosa (2004) añade que las teorías del consumo ayudan a responder preguntas sobre los procesos de subjetivación que conducen a determinadas prácticas de consumo.
Así, mientras la teoría del capitalismo y la producción del consumo ofrecen una perspectiva más económica, las teorías de las pasiones, de los modos de consumo y de los placeres emocionales del consumo sugieren un abordaje simbólico y cultural, centrado en los significados, sentidos y efectos del consumo en el comportamiento de las personas. Es precisamente sobre estas tres últimas perspectivas —pasiones, modos de consumo y placeres emocionales del consumo—, integradas en una única categoría que aquí denominamos “modos de consumo”, que se centra este estudio. Como destacan Laerca y Rocha (2021), el ser humano se caracteriza como un ser de pasiones, y es tarea fundamental de la filosofía identificarlas y analizarlas para, a partir de ahí, colaborar efectivamente con la convivencia social. Sin embargo, para identificar las pasiones, es necesario categorizar y comprender los significados de los movimientos de las prácticas, en este caso específico, de las prácticas de consumo.