El Carnaval, la fiesta popular más grande de Brasil, es una manifestación cultural y social que puede interpretarse como una crítica al orden social urbano, caracterizándose como un período de suspensión de las normas establecidas. Según Turner (1974), en esta perspectiva, las fiestas y los rituales crean momentos de transición y suspensión de las reglas sociales, permitiendo a los participantes vivir una temporalidad alternativa y experimentar nuevas formas de interacción social. Estos momentos rituales posibilitan la reinvención de las dinámicas sociales, promoviendo la cohesión y la resignificación del espacio colectivo.
En este contexto, evocamos a David Harvey (2014) para dialogar sobre el derecho a la ciudad como una reivindicación de control y reapropiación del espacio urbano por parte de las poblaciones locales. Esta visión crítica contrasta con el modelo urbano capitalista, que prioriza la aceleración del tiempo y la productividad en detrimento de los usos colectivos y creativos del espacio público y social. El Carnaval, al ocupar las calles con sus desfiles y cuerpos insurgentes, emerge como la concreción de este derecho, transformando las calles en un escenario de celebración, creatividad y reivindicación. Así, el Carnaval rompe con la lógica utilitaria impuesta por la urbanización neoliberal y propone la ciudad como «obra», pues la ciudad no es solo un espacio físico o un conjunto de infraestructuras, sino una creación colectiva, moldeada por las prácticas sociales, económicas y culturales de sus habitantes.
En el tiempo/espacio de la fiesta momesca se observa la inversión temporal del orden social al suspender jerarquías y permitir que diferentes estratos de la sociedad compartan y resignifiquen el mismo espacio (DAMATTA, 1974). Esta suspensión de las normas refuerza el carácter irreverente y democrático de la fiesta, creando un espacio de interacción horizontal y convivencia entre diversidades. En este sentido, el Carnaval puede ser interpretado como una arena simbólica, donde narrativas identitarias frecuentemente suprimidas en la vida cotidiana emergen de manera visible. Como señalan las reflexiones de Stuart Hall (2006), este espacio puede operar como resistencia cultural, permitiendo que identidades marginadas negocien su existencia y reivindiquen representatividad. Además, el humor y la irreverencia destacados por Falcão e Isayama (2021) funcionan como instrumentos de subversión, desafiando normas impuestas e instaurando una dinámica «slow», (des)ordenada y de ocio, en la cual el afecto y el encuentro son privilegiados y acompañados por el ritmo del timbau, el surdo y el repique.
Este estudio de naturaleza cualitativa tuvo como objetivo comprender el carnaval desde la perspectiva de la resistencia cultural en su interlocución en la resignificación del espacio urbano. Como procedimientos metodológicos, se utilizó la investigación bibliográfica y documental, la voz de actores que participan en la organización de la fiesta y entrevistas semiestructuradas con representantes de bloques callejeros, gestores y representantes públicos involucrados en la organización de la fiesta.
Finalmente, se evidencia que al trascender la necesidad del «gasto improductivo» señalada por Bataille, el Carnaval se convierte en un ejercicio de resistencia y democracia capaz de resignificar la vivencia urbana a través de la diversidad, la creatividad y la contestación a las normatividades dominantes. Al desacelerar el tiempo y transformar las calles en espacios de encuentro y expresión, el Carnaval desafía estructuras hegemónicas y propone nuevas formas de imaginar y vivir la ciudad.